Zombi child

Zombi child

“CON LA NACIONALIDAD pasa lo mismo que con la geología: el calor está abajo”, afirmaba el historiador Jules Michelet en el siglo XIX. De ese encendido libro, El pueblo, lee otro pasaje el profesor de Historia a las alumnas del más prestigioso internado femenino de Francia, al que acuden las descendientes de quienes han recibido la Legión de Honor. Allí se desarrolla Zombi Child, el octavo largo de Bertrand Bonello y su mejor obra de una década que amenazaba con desintegrar el misterio sensual que una vez caracterizó a su cine. Así, el francés se aleja del oropel de Casa de tolerancia (2011), la biografía académica de SaintLaurent (2014) y el calamitoso tiro errado de Nocturama (2016) para volver a forjar su nueva película al fuego de lo subterráneo, iluminado por rostros nuevos y deseos enigmáticos. Bonello baja allá donde también queman las imágenes.

Zombi Child es una historia de terror que emerge palpitante de la realidad a pesar de sus ramificaciones sobrenaturales. Su particular estructura de bloques interconectados comienza en Haití en 1962, donde un hombre es víctima de un conjuro: muere y su cuerpo es revivido o, más bien, zombificado para servir como mano de obra en una plantación. Medio siglo después, en París una adolescente haitiana (Wislanda Louimat) se incorpora a las clases del mencionado internado de élite y entabla amistad con sus nuevas compañeras. Estas náyades con uniforme escolar, que parecen salidas de una fantasía de Brisseau, están lideradas por Louise Labeque, quien bajo su nacarada apariencia de perfección se consume en llamas desesperadas de desamor.

Las dos líneas narrativas de la película confluyen en la nueva estudiante, nieta del hombre del principio –inspirado en el caso de Clairvius Narcisse, que también dio pie a La serpiente y el arco iris (Wes Craven, 1988)– y sobrina de una sacerdotisa (mambo) versada en el vudú. A través de esa ceremonia, que Bonello filma en Haití con tanta atención etnográfica como Maya Deren en los años 50 (Divine Horsemen: The Living Gods of Haiti) y la misma fascinación que manifiesta sobre los rituales iniciáticos de las adolescentes al conformar su microcosmos de faldas plisadas, la narración abraza los códigos del terror a la sombra de Jacques Tourneur y avanza más pendiente de la progresión temática que de la cronológica. De este modo, dos realidades que pueden parecer tan distantes en el tiempo y el espacio como el fantasma de la esclavitud en Haití –donde tuvo lugar la primera sublevación masiva de esclavos– y la actualidad de una institución de élite fundada por Napoleón –quien perdió esa colonia–, se acercan gracias al vudú del arte cinematográfico; lo más alto de la nación toca las brasas más bajas, las que más queman.

Aunque la dimensión política –el recuerdo de que la Revolución francesa no se completó (es un decir) hasta el siglo XIX precisamente por su continuación en el Caribe– ocupa un puesto importante en Zombi Child, Bonello no se resiste a otorgar el lugar primordial al acto más político, la mayor magia negra: el amor. No es otro hilo el que une al hombre zombificado con la vida a través del recuerdo de su esposa, no es otro anhelo el que lleva a la estudiante a sentirse, según sus palabras, como un cuerpo sin alma; es decir, una zombi. Lejos de la nación, no es otra cosa que el afecto lo que arde

FUENTE: 20 MINUTOS

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